Montségur y los cátaros
Durante muchos años, los cátaros que huían de la Inquisición se refugiaron en algunas fortalezas de la zona de Languedoc, al sur de Francia. De entre todas ellas se hizo especialmente famosa la plaza fuerte de Montségur, que estaba construida sobre una escarpada montaña de casi 1300 metros de altura. Era una posición aparentemente inexpugnable, ya que estaba rodeada de precipicios inaccesibles dados su altura e inclinación.
El castillo había sido reconstruido en seis años, desde 1205, por Raimundo de Blasco, y otros prohombres cátaros, y, desde ese momento se convirtió en un centro espiritual cátaro y, en tiempos de guerra, base militar desde la que partieron acciones muy sonadas, como por ejemplo la del comando que asesinó a los inquisidores de Tolosa en mayo de 1242. Este hecho fue el que terminó con la paciencia de la Iglesia.
En marzo de 1243, Huges de Arcis, senescal de Carcasona, recibió el encargo de acabar con “la cabeza del dragón". Una numerosa fuerza, cifrada en unos 10.000 hombres, se concentró en torno a a Montségur y estableció sus campamentos a los pies de la montaña.
En principio, los atacantes optaron por un asedio, ya que tomar la fortaleza al asalto era una tarea ardua y difícil dadas las grandes pendientes de la montaña. Además, el asedio tampoco era fácil, ya que los defensores aprovechaban lo escarpado de la montaña para obtener nuevos víveres y efectivos, y por ello, los cruzados decidieron pasar al ataque, a la vez que reforzaban el cerco para cerrar las vías de abastecimiento.
Con la ayuda de un grupo de escaladores vascos, y por supuesto, con mucho esfuerzo. consiguieron armar un trebuquete, comúnmente conocido como lanza-piedras. Acto seguido empezaron a bombardear el interior de la fortaleza, que estaba poblada de barracones dado lo exiguo del recinto.
La rendición, por tanto, era inevitable. Unos días antes de que se produjese, Pierre Roger de Mirepoix y un grupo de dignatarios cátaros abandonaron el lugar y se arriesgaron a atravesar las líneas enemigas para poner a salvo el tesoro cátaro, que para unos eran una gran cantidad de monedas y piedras preciosas, y para otros se trataba del Sant Grial, el Santo Grial.
Los términos de la rendición fueron: Los sitiados entregaban el castillo al rey de Francia y a cambio eran perdonados con leves penitencias. En cuanto a los herejes, también podían beneficiarse del indulto si abjuraban de su error en público. Una vez cumplido el plazo, el senescal del rey ocupó la fortaleza. Doscientos quince cátaros, de ambos sexos, se negaron a abandonar su religión y fueron quemados en el llano que desde entonces se conoce como el Campo de los Quemados.
La perdida de Montségur no significó la cancelación de la herejía cátara, ya que aún quedaron comunidades esparcidas por toda Francia, que, incluso poseían castillos y cuevas fortificadas, aunque otros habían emigrado a España. Sin embargo, ante la gran presión de la Iglesia, y el miedo que tenían a ser descubiertos y aniquilados, fue la razón por la que el movimiento fue languideciendo hasta extinguirse a finales del siglo.
Etiquetas: Cátaros, Edad Media, Mitos y Mitología, Montségur, Por L'e3

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